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Sobre nosotros

Nada de esto son cosas separadas

Aguamanil de cerámica valenciana en Villa Paula
Un aguamanil de cerámica. Una pieza de uso, hecha por un oficio que lleva siglos aquí al lado.

Hola,

Gracias por querer saber algo más de Villa Paula. Si has llegado hasta aquí, una parte de tu camino se está encontrando con el nuestro, y puede que compartamos más cosas de las que parece.

Lo que sigue no es un consejo ni una manera de decirte cómo hay que vivir. Es sencillamente lo que pensamos nosotros, y por qué hacemos las cosas como las hacemos.

Hay un libro de Cortázar que se llama La vuelta al día en ochenta mundos. Nos gusta esa idea de que uno no es una sola cosa, sino ochenta a la vez. Lo único que intentamos es que esos ochenta mundos tengan alguna coherencia entre sí. No siempre lo conseguimos. Pero cuando lo conseguimos pasa algo curioso, y es que la coherencia no se queda quieta: crece.

Nosotros lo llamamos el círculo, a falta de mejor palabra.

Un tomate que se cultiva en una tierra cuidada, y que se recoge maduro en lugar de verde para que aguante el transporte, alimenta mejor. Eso es salud, sin más. Ese mismo tomate, por ser de aquí, no viaja, no pasa semanas refrigerado y no pierde por el camino lo que tenía, así que además cuesta menos al planeta. Y como se cultiva aquí, alguien de aquí cobra por cultivarlo. Un solo acto, hecho con cierto criterio, sirve para tres cosas a la vez.

Ahí está lo que más nos interesa de todo esto: la redundancia. Cuando las cosas se hacen por el motivo correcto, los beneficios se solapan. No hay que elegir entre lo sano, lo cercano y lo justo, porque casi siempre son la misma decisión tomada antes. Y suele ser, encima, lo que está más rico. Nos costó años ver eso.

No somos talibanes de lo sano, que conste. También nos parece sano tomarse un whisky, una cerveza, un buen puro o una hamburguesa cualquiera. Entendemos la vida como una suma de equilibrios, no como una lista de prohibiciones. Lo que decimos es otra cosa: que lo correcto y lo placentero no están en lados opuestos tan a menudo como nos han contado.

Con lo que heredamos pasa igual. En la fachada hay una Virgen de los Desamparados pintada a mano sobre cerámica. No se sabe quién la hizo: hace dos siglos estas piezas eran encargos de familias y se pintaban una a una. La restauramos, y de la cenefa que la rodea, con sus cítricos y su cuerno de la abundancia, salió una flor de azahar que hoy es nuestra imagen.

Mira lo que hay ahí dentro. Dos valencianos por adopción restauran una Virgen de Valencia, que es a su vez un homenaje a la cultura de los cítricos, con el oficio cerámico de esta comarca. Y de ahí acaba saliendo lo que hoy nos representa. Nadie nos obligaba a restaurarla. Se hizo porque vivir rodeado de cosas que alguien cuidó es mejor que vivir rodeado de cosas que dan igual, y porque el ceramista que la restauró vive a media hora.

Conservar tampoco es congelar. Por delante de estas parcelas pasa una acequia, el riego de siempre de la huerta valenciana, y sigue en uso. Aquí no la usamos: el riego a manta inunda y desperdicia mucha agua, así que la huerta va por goteo. La cerámica se conserva porque conservarla tiene sentido; un sistema que gasta agua de más, no. Cuidar un sitio no es repetir lo que se hacía, sino entender por qué se hacía y decidir qué sigue teniendo sentido.

Buscábamos el Mediterráneo y acabamos aquí por algo que no suele estar en las listas: esta tierra no vive de quien llega. Hemos vivido en sitios donde una ciudad entera espera la temporada y el ánimo de la gente sube y baja con ella. Aquí no pasa, y eso hace que un visitante no sea un problema para nadie.

La gente ha querido conocer mundo desde que el mundo existe y eso no va a cambiar; lo que puede cambiar es cómo. Hay una forma de viajar que consiste en hacer una lista y tacharla: llegar, fotografiar, irse. Deja poco a quien viaja y menos al sitio que visita.

Aquí se cocina paella valenciana, asado del norte de Argentina, pizza italiana y empanadas, y en algunas comidas hay flamenco, que es andaluz y no valenciano. Lo sabemos y no pretendemos otra cosa. Está porque cuando se junta con una paella al fuego pasa algo difícil de explicar: la gente se queda callada. Decir de dónde viene cada cosa nos parece la única manera de respetarla, y de respetar a quien viene a conocer un sitio y merece saber qué está comiendo.

Casi nada de lo que hay aquí lo hicimos nosotros solos. La Virgen la restauró un ceramista, la cenefa la pintó otro, el arroz lo investiga alguien que lleva años detrás de un solo plato. Trabajar así cuesta más y es más lento que comprar hecho. También es lo único que hace que esto no se parezca a ningún otro sitio, y hace que cuando alguien viene, el dinero se quede en un radio de pocos kilómetros en vez de irse a una central en otro país.

Hay una parte de todo esto que no imaginábamos al empezar, y es la que más nos importa hoy. Recibir gente obliga a explicar lo que uno hace, y al explicarlo uno lo entiende mejor y lo hace mejor. Un invitado pregunta por qué el tomate sabe así, y esa pregunta cambia la huerta del año siguiente. Alguien se queda mirando la cerámica, y acabamos aprendiendo de dónde viene. Alguien vuelve, y eso permite seguir dando trabajo aquí.

Cuidar la tierra, cuidar el arte, cuidar la comida y recibir bien no nos parecen cuatro tareas distintas. Son lo mismo mirado desde cuatro sitios, y cada vuelta lo mejora todo un poco. Por eso tampoco nos interesa crecer mucho: una casa, un grupo cada vez, el tiempo suficiente para que las cosas se hagan bien. Si esto fuera más grande dejaría de funcionar así.

En algún momento uno entiende que está de paso y que ese paso debería significar algo. No pensamos en dejar un legado, que nos queda grande. Pensamos en ser coherentes mientras dure.

Si has leído hasta aquí, ya sabes casi todo lo que hay que saber de este sitio. Y si algo de esto se parece a cómo entiendes tú la vida, es probable que nos encontremos.

Paula y Diego

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